
me viste dudando ante el vacío
y me diste una patada,
de qué otra manera
me iba a enterar
de que sabía volar.
Me gustó tu cielo
pero a veces
ya no me gusta escribirte
porque me acuerdo
de cuando te quería
y mi alma vacía
suplica
por esos días de vuelo.
Sabrás perdonarme,
no todos
estamos acostumbrados
a las alturas,
algunos nos mareamos,
a otros nunca nos advirtieron de
lo hipnótico del sol
y cuando tú querías aterrizar
y ponerle a todo
un tono más familiar
el imbécil de mí estaba fascinado
contemplando algún satélite artificial
llamado amor.
qué quieres, nunca lo había experimentado,
no tan de cerca,
esa luna terca del amanecer
en la playa
en que corriste sin hacer caso
al mar
hacia mis brazos.
Sé que te incomoda
que hable de esto
ahora que tienes pareja
pero está bien que lo sepas
y que lo sepa
para que todos estemos conscientes
de que hay sentimientos
forjados con fuego
que perduran por muy nuevos
que lleguen y luchen por arder.
Con decirte que
yo todavía
no puedo olvidar
a Minerva
Ahora imagínate
las cosas que por mí se fueron,
imagínate, las que sí sucedieron.
Ahora te vas, aún más lejos
y te llevas el cincuenta por ciento
de vida que me quedaba, siendo sincero
haces bien,
ahí que se queden trabados los poetas
en el pasado.
Alemania!
ya decía yo que me iba a causar problemas ,
Goethe y Wenders y Grass
no podían ser gratis jamás.
Las tardes solitarias en la Cineteca
viendo el cielo sobre Berlín
no me iban a costar tan sólo
cinco pesos con credencial.
La lluvia sobre los cristales
en la biblioteca de la UAM
mientras Fausto convocaba
Mefistófeles se las iba a cobrar.
Y pago gustoso
porque si tú
no eras la voz de Dios
entonces Dios nunca habló...
Algún día lo entenderé,
por ahora sólo me extasio con
su silente canto
y tengo fe.

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