
a que estaba
enamorado de tí
aunque doliera,
siempre me gustó ese juego,
eras tan bella.
Que el simple
hecho de ser
uno de
los mil aspirantes
a tí,
como diría mi padre:
me vestía.
Desde aquel día
nunca más
anduve desnudo,
estoy consciente
de que
ese amor
nunca se pudo.
Pero tus ojos leyéndome
tus ojos llorándome
tu boca otorgándome un nombre,
haciéndome hombre.
Siempre justifiqué
este aditamento inútil
del amor
con tus letras Minerva
y hoy
con todo lo que causó
y encausó, sólo digo:
valió la pena.

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